Nuestra sociedad ha construido tres firmes racionalizaciones culturales para justificar y defender la agresión verbal y física: El culto al «macho», la glorificación de la competitividad y el principio diferenciador de los «otros». Estas tres disculpas o pretextos para la violencia tienen profundas raíces en la tradición y reflejan valores muy extendidos en nuestra época.
Las semillas de la violencia.
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Y, pues, amado Pangloss —le dijo Cándido— cuando se vió usted ahorcado, diseccionado, molido a palos y remando en galeras ¿Acaso seguía pensando que todo marchaba a la perfección? Sigo siempre en mis trece —respondió Pangloss— pues que al fin soy filósofo y un filósofo no se desdice nunca, pues que Leibniz no se engaña y la armonía preestablecida es, por otro lado, la cosa más bella del mundo, no ...
Me habían aconsejado que dijera lo que pensaba en voz alta en lugar de quedármelo dentro, pero yo decidí escribirlo. Eran las cinco de la mañana y oía a Rory ladrando a las ranas del estanque. Cogí un bolígrafo y probé a anotar lo que pensaba. Lo que salió del bolígrafo y quedó sobre la página fueron más o menos todas las cosas que no quería saber.
Cosas que no quiero saber. Deborah Levy.
Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen sobre otras personas con intensidad muy diferente. Algunos estúpidos causan perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o dos individuos, sino a comunidades enteras. La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales. Primero, el factor genético. A...
Mi trabajo en los servicios sociales me ha permitido acceder a las delincuentes del lenguaje que son muchas de nuestras usuarias. Resistiéndose al código lingüístico “culto”, que no les representa, se fugan, se burlan del mismo código, lo subvierten, lo resignifican, lo readaptan a sus condiciones orales y lo practican tácticamente. Esos actos delictivos me producían mucha risa cuando los escuchaba y eran...
—Grita tú también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita! —Mi madre llevaba a papá cogido del brazo, como si lo sujetase con todas sus fuerzas para que no desfalleciera—. ¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!
Y entonces oí cómo mi padre decía: «¡Traidores!» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!». Soltó del brazo a mi madre y se acercó más a...