5 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales
15 de octubre de 2016 / 15 Comentarios
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El blog de Belén Navarro
16 de marzo de 2026 / 0 Comentarios
Hoy acaba una trilogía que comenzó con la entrada la trabajadora social cuñao y continuó con la entrada de la semana pasada, Como Rufián. En la primera, retomé una reflexión antigua: en 2016 escribí sobre un espécimen de trabajadora social prejuiciosa (que desgraciadamente prolifera en 2026). La segunda entrada, titulada Como Rufián, la dediqué a los prejuicios que está inoculando la ultraderecha en la población. Algunos de ellos nos afectan directamente. En esta tercera entrada me propongo relacionar las dos anteriores.
Desde 2008 aproximadamente, con la crisis económica y la implantación del capitalismo post industrial, el pensamiento neoliberal y las tesis de la ultraderecha se han ido instalando en las sociedades democráticas. Esta combinación nefasta ha generado numerosos prejuicios a través de la desinformación, en las propias trabajadoras sociales y, sobre todo, en la ciudadanía.
De este modo, como decía, en la mayoría social se ha instalado la idea de que las trabajadoras sociales alentamos la vagancia y la negligencia. En cambio, para las personas empobrecidas somos el brazo ejecutor de políticas miserables e injustas. Así, nos estamos encaminando a lo que Luis Nogués y Teresa Giráldez llaman una profesión no querida. Cada vez hay más personas atendidas que critican nuestro desempeño profesional. Tendrán razón o no; eso no me importa en este momento porque no es relevante para lo que quiero explicar.
Opino, en primer lugar, que la gente tiene derecho al pataleo, nos guste o no lo que diga. Observo una cierta inmadurez ante las manifestaciones de personas usuarias en redes sociales, en los medios o en el propio despacho. Tengan razón o no, siempre habrá gente descontenta con nuestro desempeño. A mí me pasa con la dirección: no hay ninguna propuesta que sea del agrado de toda la plantilla.
En segundo lugar, considero que es una mala idea responder a este descontento con escaladas por parte de las profesionales, sea en despacho, en redes sociales o en cualquier otro lugar. Opino que la gente debe poder expresarse y pienso que podemos aprender de cualquier opinión, por disparatada que sea.
Creo asimismo que debemos hacer una lectura más profesional y menos encendida de esas críticas. Las escaladas nos conducen a lugares poco recomendables: en el despacho, a la ruptura del vínculo y en el peor de los casos, a las agresiones. En redes contribuyen a convertirnos en una profesión cada vez más odiada. Si no somos capaces de manejarlas desde un perspectiva relacional, no deberíamos entrar al trapo.
Me resulta llamativo que admiremos a Rufián por ser un buen interlocutor con la ciudadanía —y con la ultraderecha— y, en cambio, no nos apliquemos el ejemplo. Sospecho que el merecimiento juega un papel fundamental en nuestras actitudes. Dicho en otros términos, en nuestro inconsciente está arraigada la creencia de que las personas empobrecidas han de mantener una conducta suplicante y agradecer nuestro trabajo, por eso nos molesta tanto la exigencia o la crítica. Esa creencia hay que sacarla de nuestro inconsciente porque me parece un nuevo tipo de cuñadismo profesional, la verdad.
En tercer y último lugar, en lo que a mí respecta intento conocer y analizar opiniones negativas porque me sirven para testar la calle y, si es posible, para mejorar. Trato de encajar las críticas lo mejor que puedo, aunque me duela. En realidad, prefiero que me duela porque eso significa que me importa lo que hago y porque, francamente, yo no quiero que las personas que atendemos me odien.



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