5 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales
15 de octubre de 2016 / 15 Comentarios
15 de octubre de 2016 / 15 Comentarios


El blog de Belén Navarro
3 de febrero de 2026 / 4 Comentarios
Una mujer a la que llamaremos Juana recibió hace poco la visita del Servicio de Protección de Menores de la Junta de Andalucía. Al día siguiente acudió al centro de servicios sociales. Pidió hablar con la educadora social. Dijo que era urgente. La compañera decidió atenderla.
Juana venía agobiada. Relató a la educadora que los de menores habían estado en su casa y que ella no había entendido ni una palabra de lo que le habían dicho. Nada. Quería que la compañera llamase a menores para que explicasen a la profesional la entrevista realizada y después se la tradujese a ella, porque a la educadora si la entiende cuando le habla. Así se hizo y Juana comprendió lo que querían los de menores, gracias al servicio de traducción.
Juana solicitó la presencia de la educadora en las entrevistas posteriores. Aceptó. De este modo, los de menores daban las oportunas explicaciones, Juana miraba a la educadora y ella realizaba el servicio de traducción simultánea ante la pachorra sin parangón de los de menores.
La educadora me cuenta que es normal que Juana no entienda lo que le dicen los de menores porque usan un lenguaje muy técnico. Todo sería más fácil si en lugar de requerirle documentación, le pidieran un papel. Si en lugar de informarle del trámite de audiencia dijesen una cita para que puedas decir lo que tú piensas. Si sustituyesen guarda y custodia por quién se hace cargo de las niñas.
El otro día la citaron en Almería. Tuvo que ir sola. Cogió el autobús a las siete de la mañana y llegó a su casa, agotada, a las cinco de la tarde gracias a las comunicaciones de esta bendita provincia. Lo supimos al día siguiente pues Juana, como imaginarás, volvió al centro para saber como le había ido ¡su propia entrevista! Te tienes que reír. Relató que aquello fue como un juicio: había cinco personas delante de ella, sola, que le decían muchas cosas, pero ella no llegó a saber con certeza qué iba a pasar con sus sobrinas. Quería nortes del juicio que habían hecho con ella esos payos en Almería.
Las administraciones abogan por el estilo llano, la lectura fácil, el lenguaje administrativo claro, la lengua de signos y el impulso de las lenguas cooficiales. Muy bien —en serio—. Sin embargo, la realidad es que hablamos a la ciudadanía como si estuviéramos debatiendo en la Cámara de los Lores. Que las criaturas reciben resoluciones de catorce páginas que no entienden ni las propias trabajadoras sociales que han de realizar el servicio de traducción. Sería gracioso si no resultara un ejercicio de hipocresía tan abyecto (que significa despreciable).
Se puede presentar una instancia o echar un escrito en el ayuntamiento. Solicitar una prestación o menear papeles. A la hora de menear papeles cabe diferenciar entre si te tienes que calentar mucho la cabeza o no. Nosotras les informamos sobre si tal ayuda tiene mucho calentamiento de cabeza o no. También les recordamos que tienen que pillar número para esa o aquella gestión. Que les mandarán una carta y que la traigan. Hay un cartel sobre un lugar reservado al efecto en la sala de espera que reza: si necesita usted rellenar un papel siéntese aquí. No se nos ocurriría poner cumplimentar formulario. Redactamos la cartelería con estilo llano y tratamos de no atiborrar de letreros el tablón... Hacemos todo esto porque nuestro objetivo es que la gente nos entienda.
¿Obvio? No lo creo.



4 Comentarios
Belén, muchas gracias, una reflexión que evidencia esa “necesidad” de hablar raro como una de las formas de exhibir poder y una herramienta de control…, ya lo decía Foucault… Ese lenguaje enmarañado, críptico provoca una distancia, tal vez, necesaria para quien pretende ocultar o proteger una serie de decisiones que, la mayoría de las veces, no son fáciles de digerir… Me encanta Juan de Mairena (tú lo sabes) y creo que los siguientes párrafos vienen a cuento…
“Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena. —No está mal”
O este otro:
“Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura”
Un abrazo
india
Gracias Belén por invitarnos a reflexionar de «estás pequeñas cosas de gran importancia». Me encuentro con cartas de IMV en las que cuesta descifrar si han concedido o no la prestación. Realizo llamdas desde mi despacho para que el usuario hable con el SEPE, la seguridad social u otras administraciones porque si no se hace la pregunta adecuada y concreta no llegas a obtener información exacta…
No me importa hacer ese trabajo de traducción, pero me fastidia que los profesionales no acerquen su forma de comunicarse al entendimiento de la ciudadanía.
¡Una entrada genial! Tristemente es así y lo peor de todo es que ese lenguaje «tan técnico» limita seriamente la capacidad de las personas de ejercer sus derechos. Es decir, el papel (las leyes) reconocen unos derechos, pero las instituciones con sus prácticas, empezando con el lenguaje, los limitan y llegan hasta negarlos. No tengo dudas que hay momentos en los que hay que usar términos técnicos para precisar un determinado hecho o situación, pero el lenguaje administrativo es arcaico y solo busca separar la administración (en posición de superioridad) de la ciudadanía. Y, como bien dices, incluso a las profesionales, que son parte de la administración, nos cuesta entender qué dicen esos escritos. Es absolutamente inaceptable.
Hola Belén, parece que es un mal endémico y que sucede con muchas profesiones, como cuando vas al médico y te hablan como si estuvieras a punto de terminar el MIR, o con un abogado ya ni te cuento… quizás sea un poco de importancia personal, quiero decir, que ya que sé, tiene que notarse… supongo que quien más quien menos ha caído en esto.
Muchas gracias por tu entrada que me hace reflexionar sobre cómo interactúo en mi día a día. A veces no basta con escuchar al que te habla, sino que tenemos que escucharnos a nosotros mismos cómo hablamos. Una profesora mía de antropología nos pedía que le explicáramos las cosas como si le habláramos a nuestra abuela. Claro que el riesgo está en encontrarnos por ahí con un profesional de cualquier rama nieto de María Zambrano o María Moliner…