5 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales
15 de octubre de 2016 / 15 Comentarios
15 de octubre de 2016 / 15 Comentarios


El blog de Belén Navarro
12 de enero de 2026 / 2 Comentarios
Una mujer joven acude al servicio de información. Entra al despacho y observo que va bien vestida, lleva una cuidada manicura, luce en una de sus manos un anillo que parece ser de Tous y en la otra porta un bolso, también de marca. Imagino que viene a solicitar el reconocimiento de la dependencia para algún familiar, pero no.
Cuenta que su abuelo ha muerto y que su último deseo fue que ella, su nieta, lanzase sus cenizas al mar de Ferrol, donde el anciano nació y vivió casi toda su vida. Ella quiere acatar la voluntad de su abuelo, sin embargo no tiene dinero para el viaje por lo que solicita una ayuda económica para hacerlo. La miro alucinada ante semejante petición, y le comunico que no existen ayudas económicas para tal fin, dando por finalizada la intervención. La chica, contrariada, se marcha diciendo que solo damos ayudas a los gitanos y a los inmigrantes y yo me quedo con la idea de que es una persona bastante desagradable que encima quiere pegarse una vuelta por Galicia a costa del erario público.
A esta chica la espera una amiga en el bar de enfrente. Han quedado. La joven llega mosqueada y le cuenta a su amiga que la trabajadora social le ha dado con la puerta en las narices. La amiga trata de consolarla y le dice que le ayudará a buscar el dinero y que no se preocupe por el desayuno: ella invita.
La trabajadora social, o sea, yo, salgo a desayunar y veo a la chica sentada en la terraza del bar con otra mujer. Me digo que para viajes no tiene, pero sí para desayunos en el bar y me tranquiliza la escena porque confirma mis sospechas: se trata de una persona caradura. Entro al interior del bar y tranquilamente me dispongo a mirar el periódico en el móvil mientras espero el café.
Mientras tanto, la chica, enfadada, dice a su amiga que los políticos y los funcionarios son una mierda: su abuelo, enfermo, esperó durante años un apoyo que nunca llegó, razón por la que ella tuvo que traérselo a rastras de Ferrol. Su abuelo nunca terminó de adaptarse a la aridez de Almería y ella se siente culpable. Su amiga trata de consolarla ¿Qué otra cosa podía hacer?.
La atención sanitaria, un tormento, continuó la joven. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana para conseguir una cita médica para su abuelo. En su trabajo como envasadora no se lo ponían fácil; andaba siempre a la gresca con su jefe. Aunque al principio recibía la ayuda del marido, tras la separación ya no tenía a nadie; maldecía la hora en que conoció al almeriense. Al final tuvo que dejar de trabajar para atender a su abuelo y se fueron manteniendo con la pensión del hombre. Ahora el jefe se negaba a readmitirla.
La joven continuó narrando a su amiga su periplo por el SEPE: no tenía derecho a paro, solo al subsidio de cuatrocientos euros, y con ese dinero apenas podía sobrevivir, menos aún viajar a Ferrol. La culpa en forma de cenizas le quemaba en casa, así que decidió acudir a servicios sociales a probar suerte, pero solo encontró a una tía estúpida —yo— así que acabó su relato como al principio: los políticos y los funcionarios son una mierda. Dio un sorbo a su café, su amiga asintió con resignación y cambiaron de tema.
La semana que viene abordaré esta historia desde otro punto de vista para ofrecer un aprendizaje a estudiantes de trabajo social. Las profes, si os cuadra, la podéis trabajar entretanto.



2 Comentarios
¡Buenos días, Belén¡
Ni en tu peor pesadilla atendías y abordabas esta situación como la describes. Ahora, eso sí, si este tipo de casuística se estudiara con frecuencia en las facultades de Trabajo Social, estoy casi segura que habría menos actitudes neoliberales en el desempeño de la profesión.
¡Un abrazo¡ Cheli
¡Jjajajjaja! Gracias, Cheli, efectivamente, no lo habría atendido así.
Un abrazo.